Escuela activa y libertaria

Crianza colectiva, apoyo mutuo y culpa

C

Pensemos en esas amigas que son madres y somos conscientes de su agobio, de su agotamiento físico, mental, emocional. ¿Ya tenemos sus caras en la cabeza? Si tenemos confianza con sus peques, ¿podemos hacer algo de esto para hacer una crianza colectiva?

– Un día a la semana ir a recoger a su peque a la escuela. Ella no tendrá que ir agobiada por si llega tarde o con temor a que vuelva a haber avería en el transporte público.

– Cuidar una tarde al mes de la peque para que nuestra amiga pueda disponer de u-n-a tarde al mes para lo que desee.

– Cuidar de la peque para que nuestra amiga pueda acudir a ese curso que tanto desea.

– Cuidar a la peque para que pueda ir una tarde a la semana a ese gimnasio que tanto la aporta.

– Cuando vayamos a realizar la compra, preguntarla qué necesita comprar.

– Cuando preparemos comida echar un par de puñados más de arroz y la ahorraremos el tiempo que dedicaría a preparar una cena.

– Puesto que quedar lo tiene complicado, llamarla por teléfono para saber cómo está.

– Sabemos que en el curro hay una compañera (familia monomarental) que por la misma función cobra menos que los hombres del trabajo; juntar diez euros por persona y dárselo, seguro que lo agradece.

– Quedar una tarde al mes con ella y la peque para salir a dar un paseo.

– 10 euros de unas cuantas colegas pueden suponer que la peque acuda a esa escuelita libertaria de la que está enamorada nuestra amiga.

– Una tarde cada quince días ayudar a la peque a realizar los deberes escolares.

Seguro que se te ocurren otra muchas acciones que pueden aumentar la calidad de vida de nuestra amiga. La crianza colectiva no es únicamente irse a vivir un grupo de personas al monte, en comunidad, y compartir la crianza, existen “pequeñas acciones” que pueden aportar. El apoyo mutuo también es una forma de cuidarnos.

Y puede que todo esto, ayude a disminuir el sentimiento de culpa de muchas madres desbordadas. Cierto es, que cómo nos criaron, las heridas que no hemos sanado, nuestra mochila llena de piedras, nos impide o dificulta conectar en las relaciones con las peques. Llegamos a comprender que trabajándonos esa parte de nuestra niñez que no creció libre y respetada servirá para poder acompañar de forma respetuosa. Podríamos quedarnos aquí en la reflexión: me desbordo, me culpo, reflexiono, intelectualizo lo que deseo y por medio de la práctica, cambio mis acciones y actitudes y lo interiorizo. Realmente complejo, pero muy enriquecedor. Pero en este proceso faltaría un enfoque político, realizar un análisis global del por qué de mis actitudes, de mis acciones, de mis emociones.

Sin este enfoque político, sin considerar la sociedad patriarcal, capitalista, religiosa… en la que vivimos, aparece la culpa porque la sentimos desde la relación concreta con mi peque, desde mi familia, desde mis circunstancias particulares. Cuando “la culpa”, la responsabilidad del agotamiento de muchas madres, es una cuestión estructural, de las condiciones laborales, de la falta de apoyo mutuo (de cuidados) de la gente cercana, de las parejas hombre si las hubiera, social (¡ni ayudamos a subir el carrito al tren!)… Pérdida de vida social (soledad, frustración, aislamiento) y de militancia política (asambleas un martes a las ocho es antimamás ¡espacio para peques junto a cada asamblea adulta!). Y si habláramos de maternidad y diversidad funcional…

Y los padres, si los hay, ¿qué opinan de su sentimiento de culpa?. – ¿Culpa?, ¿eso se come?

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