Escuela activa y libertaria

Por una escuela feminista.

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La escuela es una fiel reproductora de la sociedad patriarcal, incluso en algún aspecto responsable directa de la creación de situaciones generadoras de desigualdad. Este escrito busca visibilizar conductas machistas en la cotidianeidad de los espacios de aprendizaje y caminar hacia una escuela feminista. Aporta un listado claramente inconcluso que espera y desea ser completado colectivamente.

En el ámbito de la comunicación podríamos empezar por el lenguaje. El lenguaje masculino es masculino. Parece una obviedad, pero es una triste realidad. En el lenguaje escrito intentamos la inclusión con el uso de a/o y @, aunque en la práctica la tendencia creemos que es a leerlo en masculino; por tanto, nosotras proponemos el lenguaje femenino y el neutro (el real) en el lenguaje escrito. Y si queremos dar un pasito más “les niñes”, para romper con el binomio reduccionista masculino y femenino. El uso del masculino como neutro predispone a definir cuál es el papel social, si consideramos que los referentes de “prestigio” (entre infinitas comillas por su cuestionamiento como “referentes”) son masculinos: el policía, el juez, el médico, el presidente, el rey…

Pero en el ámbito comunicativo debemos atender a otras aspectos como el tono de voz, por ejemplo. Siendo más “dulce” hacia las niñas y más “agresivo” hacia los niños. O igualmente la utilización de diminutivos con las niñas (“el osito”) y superlativos con los niños (“¡Vamos grandullón!”)

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Foto de Kate T. Parker.

Otro ámbito importante es la generación de expectativas. Frases como “Un par de chicos fuertes que me ayuden a mover esta mesa”. Pudiéndose pensar: “Yo no soy chico, así que no me está pidiendo que ayude y además no debo ser fuerte”. Generando igualmente expectativas resaltando la belleza y la delicadeza en las niñas y la inteligencia y la fuerza en los niños como pretendidas cualidades “naturales”. Teniendo además un añadido en la connotación que se le da a estas palabras, ser fuerte se entiende como positivo, mientras que la delicadeza se tiene como algo negativo. Otro ejemplo pudieran ser frases como “Las niñas son más calladas y tranquilas”, pudiéndose interpretar expresiones como ésta como generadoras de sumisión, de negación de la capacidad de autodefensa…

Sería interesante observar las bromas que realizamos a los niños y la casi inexistencia hacia las niñas.

Y un aspecto muy determinante en los espacios de aprendizaje es la actitud que manifestamos en relación al juego. La creencia de que las niñas son más delicadas, más débiles, implica un mayo nivel de protección, que puede no sólo limitar el juego, sino también la capacidad de autoconocimiento de las capacidades propias, estando condicionada por las apreciaciones externas. O directamente el uso de expresiones como “No seas tan bruta que pareces un chico”. Apuntar asimismo la limitación que provoca la ropa con la que vestimos (puesto que en la mayoría de las ocasiones no permitimos que elijan la vestimenta deseada). Vestidos, sandalias, zapatos… pueden limitar los movimientos, pero “Es que está tan bonita”. O el uso de complementos como lazos que estorban en muchos juegos por su fragilidad, peinados que se deshacen con el movimiento…

Las interacciones. Las interacciones de las personas adultas hacia las niñas y los niños, la actitud y el lenguaje que se asume pueden ser realmente dañinas. Ante una caída: “Mi niña, pobrecita, ¿estás bien amor?”. Ante un niño: “Venga valiente que no ha sido nada. Vamos machote, arriba”. Cuando se manchan jugando: “Pero princesa, ¡el vestido blanco!” vs “Si es que eres un travieso, todo el día lavando ropa”.

El uso de materiales sexistas. Películas, canciones, cuentos… con claro contenido sexista, en muchos casos de forma totalmente consciente, pero justificando la necesidad de emplear “cuentos tradicionales” por su contenido. La ausencia de mujeres en los libros de texto (sobre todo en los libros de historia) o siendo necesario reflexionar sobre qué actividades realizan. Y los juguetes: relacionados con la acción para los niños y con los cuidados para las niñas.

El uso de los espacios. Cuestión de la que directamente pudiera responsabilizarse a las escuelas como generadoras de desigualdad. Colocar un campo de fútbol y otro de baloncesto ocupando la mitad del patio, condiciona a que los niños posean el monopolio del espacio. “Pero las niñas también pueden jugar al fútbol”. Sí, es cierto, pero culturalmente se incita, se fuerza, a que sean los niños quienes lo hagan. ¿Cuantos partidos de fútbol o de baloncesto femenino podemos ver en la televisión en comparación a los retransmitidos de hombres?

Niñas y niños, coeducación, feminismo
Foto de Kate Parker


Y en último lugar, pero no por ello de menor importancia, la sexualidad. “¿Ya tienes novia?” condicionando, determinando la orientación sexual, “¿Ya tienes pareja?” si acaso, aunque también pudiera analizarse como símbolo de perpetuación de la pareja monógama heterosexual. E incluso siendo una pregunta completamente absurda a según qué edades, por carecer de significado para les niñes. La interiorización de la cultura de la violación desde la niñez: “Si te tira del pelo es porque le gustas”. Y para terminar, el menor contacto físico hacia los niños y el menor número de conversaciones relacionadas con emociones y sentimientos con los niños: por considerar que acompañar el ámbito emocional provoca “debilidad”.

Desde las Escuelas Libres se le da mucha importancia a la formación sobre acompañamiento y muy poca a la formación feminista. Podríamos pensar que el hecho de “acompañar al ser” es suficiente para paliar el patriarcado en los espacios respetuosos, pero es insuficiente si no nos hacemos un trabajo introspectivo familias y acompañantes que pueda paliar este sexismo cotidiano y normalizado que llevamos dentro y que nos hace tener sutiles diferencias a la hora de relacionarnos con les niñes.

No tenemos excusa para empezar a trabajar estos ámbitos, no podemos culpar a la Inspección educativa, al Ministerio de Educación, a los recortes, al currículum, a la cultura… aunque es cierto que es un duro trabajo por los valores que tenemos interiorizados o por la pérdida de privilegios que supone para los hombres. Pero únicamente desde el trabajo de deconstrucción de las personas adultas y su relación respetuosa con la niñez podremos ir reduciendo el patriarcado en los espacios de aprendizaje. Que el papá aparezca con un mandil en la cocina es necesario, pero es claramente insuficiente.

Por una escuela feminista

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